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¿Qué pasa realmente después de que los botamos?

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Ese par de zapatos que ya no usas, esa cartera que pasó de moda, esa polera que compraste porque estaba barata o ese pantalón que usaste apenas un par de veces no desaparecen cuando los tiras a la basura.

Simplemente dejan de estar frente a nuestros ojos.

Y ahí comienza una historia que pocas veces vemos.

La ropa, los zapatos y los accesorios que usamos todos los días tienen una huella ambiental mucho antes de llegar a nuestro clóset y continúan generándola cuando dejamos de utilizarlos. Para fabricar una prenda hay que extraer materias primas, utilizar agua y energía, aplicar productos químicos, fabricar fibras, teñir, cortar, coser, transportar y distribuir. Y cuando finalmente decidimos desecharla, una parte importante de esos materiales termina enterrada, quemada o abandonada.

El problema es que estamos comprando y descartando moda a una velocidad que el planeta no puede sostener.

El verdadero viaje de una prenda comienza mucho antes de la tienda

Cuando vemos una polera de $15.000, unos zapatos en oferta o una cartera de temporada, vemos solamente el producto terminado. No vemos todo lo que ocurrió antes.

Una prenda puede comenzar su vida en un campo de algodón, en una planta petroquímica que produce fibras sintéticas como el poliéster, en una curtiembre que procesa cuero o en una fábrica que produce caucho, espuma, adhesivos y otros componentes.

Después vienen el hilado, tejido, teñido, acabado, confección, embalaje y transporte.

Según ONU Medio Ambiente, el sector textil utiliza cada año una cantidad de agua equivalente a 86 millones de piscinas olímpicas y es responsable de alrededor del 9% de las pérdidas de microplásticos que llegan a los océanos.

La fabricación de ropa también requiere una enorme cantidad de sustancias químicas. El Ministerio del Medio Ambiente de Chile señala que la producción textil, desde el cultivo hasta el teñido y acabado, involucra más de 1.900 tipos de productos químicos.

Y hay un dato que permite dimensionar el problema: fabricar una camiseta de algodón puede requerir alrededor de 2.700 litros de agua (Ministerio del Medio Ambiente).

Es decir, cuando compramos una camiseta no estamos comprando solamente algodón, hilo y tela. Estamos comprando también una parte de todos los recursos que fueron necesarios para producirla.

Y los zapatos tampoco son inocentes

Los zapatos suelen ser todavía más complejos.

Un par puede combinar cuero, poliéster, caucho, espuma, adhesivos, tinturas, plásticos, metales y otros componentes. Esa mezcla permite fabricar productos resistentes y cómodos, pero también dificulta enormemente su recuperación al final de su vida útil.

La Unión Europea, por ejemplo, considera para la evaluación ambiental del calzado aspectos como el origen de las materias primas, consumo de agua, emisiones al agua, sustancias peligrosas, compuestos orgánicos volátiles, durabilidad y embalaje.

Un estudio de ciclo de vida sobre la industria mundial del calzado estimó que el sector llegó a representar alrededor de 1,4% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, con más del 60% de sus emisiones asociadas a la extracción de materias primas y la fabricación.

Y existe otra dificultad: un zapato no es simplemente «un pedazo de tela». Su construcción puede involucrar decenas de materiales y componentes diferentes, lo que hace mucho más difícil separarlos y reciclarlos.

El problema no termina cuando tiramos la ropa

Aquí está una de las partes más incómodas de esta historia.

Cuando depositamos una prenda en el basurero, no deja de existir.

Cada año se generan aproximadamente 92 millones de toneladas de residuos textiles en el mundo (ONU Medio Ambiente). Eso equivale, en términos ilustrativos, a que cada segundo se envíe al vertedero o a incineración el equivalente a un camión de basura lleno de textiles.

La producción de ropa se duplicó entre 2000 y 2015, mientras que el tiempo de uso de las prendas disminuyó aproximadamente 36%.

Es una combinación especialmente problemática:

fabricamos más, compramos más, usamos durante menos tiempo y desechamos más rápido.

La Fundación Ellen MacArthur estima que más del 80% de los textiles descartados por los hogares termina incinerado, en vertederos o perdido en el medioambiente, mientras que el reciclaje de fibra a fibra para fabricar nuevos textiles continúa representando menos del 1% del flujo mundial de residuos textiles.

Por eso, cuando hablamos de «reciclar la ropa», hay que tener cuidado: reciclar es importante, pero evitar que una prenda se convierta en residuo en primer lugar es todavía más importante.

¿Qué ocurre cuando la ropa termina enterrada?

Una parte de los residuos textiles llega a rellenos sanitarios o vertederos.

Allí los materiales pueden permanecer durante largos períodos y, dependiendo de su composición y de las condiciones del lugar, generar emisiones y lixiviados. Los textiles sintéticos, además, están fabricados a partir de polímeros plásticos derivados principalmente de combustibles fósiles.

Otra parte puede terminar abandonada en vertederos ilegales, microbasurales o directamente en el ambiente.

Y existe otro destino todavía más preocupante: la quema.

Cuando se queman textiles sintéticos y otros materiales, pueden liberarse contaminantes atmosféricos. En el caso de los grandes vertederos de ropa de Alto Hospicio, en Chile, un estudio conjunto de CEPAL y UNECE advierte que la quema de prendas, muchas de ellas fabricadas con fibras sintéticas, puede liberar metales pesados, gases ácidos, partículas y dioxinas, afectando el entorno y a las comunidades cercanas.

La ropa que parecía haber desaparecido vuelve a aparecer en forma de contaminación.

América Latina: un problema que todavía estamos dimensionando

En América Latina y el Caribe existe un desafío adicional: no contamos todavía con una estadística regional única y suficientemente comparable que permita decir exactamente cuántas toneladas de ropa se desechan cada año.

Pero sí existen señales muy claras de la magnitud del problema.

El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) estima que la región genera alrededor de 230 millones de toneladas de residuos sólidos urbanos al año, de los cuales apenas cerca del 4% se recupera, mientras aproximadamente el 96% se elimina.

En este contexto, los residuos textiles compiten con sistemas de gestión de residuos que ya tienen importantes dificultades para recuperar materiales.

ONU Medio Ambiente, a través de su oficina regional para América Latina y el Caribe, ha advertido que el auge de la moda rápida está agravando la acumulación de residuos textiles y los problemas de gestión de residuos sólidos urbanos en la región.

Y América Latina también se ha convertido en parte importante del circuito internacional de la ropa usada.

El caso chileno es particularmente revelador.

Chile: cuando el desierto se convierte en el último destino de la moda

Chile es uno de los países donde esta problemática puede observarse literalmente a simple vista.

El Ministerio del Medio Ambiente estima que en Chile se generan más de 572 mil toneladas de residuos textiles cada año, equivalentes a aproximadamente 7% de los residuos sólidos urbanos. Cada persona consume, en promedio, unos 32 kilos de textiles al año.

Pero hay otro dato impresionante.

Entre 2015 y 2020, la compra promedio de prendas por persona pasó de aproximadamente 13 a 50 prendas al año.

Eso significa que en apenas cinco años se multiplicó fuertemente la cantidad de prendas que incorporamos a nuestros clósets.

Además, más del 90% de la ropa que utilizamos en Chile es importada. En 2022 ingresaron al país más de 123 mil toneladas de ropa usada, de acuerdo con antecedentes del Ministerio del Medio Ambiente.

La consecuencia puede verse en el norte del país.

Desde 2012, en la comuna de Alto Hospicio, en la Región de Tarapacá, han crecido grandes vertederos ilegales de ropa y productos textiles. CEPAL y UNECE documentaron que decenas de miles de toneladas de residuos textiles cubren alrededor de 300 hectáreas, parte de los cuales son quemados en el lugar.

En 2022, además, 124.000 toneladas de textiles de segunda mano ingresaron a Chile, según datos del Servicio Nacional de Aduanas citados por CEPAL y ONU Medio Ambiente.

El desierto de Atacama se ha convertido así en uno de los ejemplos más visibles de lo que ocurre cuando la ropa que ya no queremos no encuentra un sistema adecuado para ser reutilizada, reparada o reciclada.

No se trata solamente de «basura».

Son recursos naturales, energía, agua, trabajo y materiales que fueron extraídos para producir algo que, en muchos casos, tuvo una vida útil muy corta.

Entonces, ¿somos nosotros los responsables?

Sí, pero no exclusivamente.

Sería injusto afirmar que todo el problema se resuelve simplemente diciéndole al consumidor «compra mejor».

La industria decide qué fabrica, cuánto produce, qué materiales utiliza, cuánto dura un producto, cómo se diseña y qué posibilidades existen de repararlo o reciclarlo.

Los gobiernos también tienen un papel fundamental en regulación, infraestructura, trazabilidad, gestión de residuos y responsabilidad extendida del productor.

Pero nosotros también formamos parte del sistema.

Cada compra es una señal.

Cada vez que compramos una prenda que realmente necesitamos, reparamos un zapato en lugar de reemplazarlo, elegimos segunda mano, intercambiamos ropa o prolongamos la vida de una cartera, estamos evitando que nuevos recursos tengan que ser extraídos para reemplazar algo que todavía podía utilizarse.

La responsabilidad individual no significa cargar sobre una sola persona un problema que es sistémico.

Significa reconocer que nuestras decisiones cotidianas también forman parte de ese sistema.

No todo está perdido: podemos cambiar la historia de una prenda

La solución no consiste en dejar de vestirnos. Tampoco en sentir culpa cada vez que compramos algo. El desafío es cambiar la lógica de «comprar, usar y botar» por una lógica de «comprar menos, usar más y mantener en circulación». Usar una prenda durante más tiempo puede ser una de las acciones más simples que tenemos a nuestro alcance.

Quizás la pregunta que deberíamos hacernos ya no sea «¿Cuánto cuesta esta polera?»

Sino:

«¿Cuál es el verdadero costo de esta polera?»

  • ¿Cuánta agua necesitó?
  • ¿Cuánta energía?
  • ¿Qué materias primas fueron extraídas?
  • ¿Qué productos químicos se utilizaron?
  • ¿Cuántos kilómetros recorrió?
  • ¿Y dónde terminará cuando deje de necesitarla?

Porque el precio que aparece en la etiqueta es solamente una parte de la historia. El resto lo paga el planeta. Lo pagan los ecosistemas que reciben los residuos. Lo pagan los territorios donde se extraen las materias primas. Lo pagan las comunidades cercanas a los lugares donde se producen o queman los residuos. Y, finalmente, lo pagamos todos cuando la contaminación, la pérdida de biodiversidad y el cambio climático afectan nuestra calidad de vida.

El planeta no necesita que tengamos un clóset perfecto. Necesita que dejemos de pensar que las cosas desaparecen cuando dejamos de verlas. Porque cada prenda que compramos tiene una historia. Y cada prenda que desechamos también.

La pregunta es qué historia queremos ayudar a construir.

Sintra

Sintra trae a Chile el más fantastico corcho portugués.

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